Alfredo De La Fé: Un Violín de siete cuerdas
Alfredo De La Fé: Un Violín de siete cuerdas

¿Quién es el mejor pianista?

¿Palmeri? ¿Papoluca? ¿Richie Ray? ¿Larry Harlow?

¿Quién canta mejor?

¿Cheo Feliciano? ¿Ismael Rivera? ¿Ismael Quintana? ¿Ismael Miranda?

Orquesta Típica 73 de New York!
No entraron al estudio con una medalla imaginaria colgada al cuello. No tocaron ni cantaron para ganarle a nadie. Tocaron y cantaron para decir algo. Para dejar algo. Para poner su verdad en clave, en montuno, en soneo, en swing.

Cada uno escribió su capítulo. Algunos con letras grandes y escandalosas; otros con frases suaves que te agarran por dentro sin hacer ruido. Pero todos escribieron algo que hoy sigue hablando.

Cada uno inventó un lenguaje propio dentro del mismo idioma. Uno trajo la iglesia al piano. Otro metió la calle. Otro la academia. Otro el barrio judío de Nueva York dialogando con el Caribe. ¿Cómo se compara eso? ¿Con qué regla? ¿Con qué cronómetro?

Y lo mismo pasa con las voces...

Cheo no canta “mejor” que Maelo.

Maelo no canta “más” que Ismael Quintana.

Quintana no borra a Ismael Miranda, ni Miranda reemplaza a nadie.

Cada voz es un universo emocional distinto.

Cheo te abraza y te consuela.

Maelo te narra la vida con crudeza y poesía.

Quintana te habla claro, firme, con elegancia.

Miranda te prende la fiesta con picardía y fuego.

Compararlos es como discutir si el atardecer es mejor que la madrugada, o si el ron sabe más a fiesta que el café. No compiten: conviven.

Por eso, quizá, la invitación más honesta es esta:

Y hay algo todavía más importante que casi siempre firma parte de estas discusiones:

la manía de competir por territorios.¿Que si esto es mejor para la música latina?¿Que si Cuba por aquí, Puerto Rico por allá, Nueva York como centro, Colombia como heredera?¿Que si “la salsa verdadera” nació aquí o allá?Francamente, poner eso en tela de discusión es tan estéril como innecesario. Y sí: a veces raya en lo estúpido.Porque la música es una sola.

Claro que las raíces importan. Importan muchísimo. Todo árbol necesita un punto de partida, una tierra que lo alimente, una historia que lo sostenga. 

Cuba es raíz. 

Puerto Rico es raíz. 

Nueva York es cruce, es laboratorio, es calle. 

Colombia es eco vivo, continuidad, devoción. Todo eso es verdad. Todo eso suma.

Pero una cosa es reconocer el origen, y otra muy distinta es ponerle fronteras al sonido.

La música, cuando es grande de verdad, no se queda donde nació. Crece. Viaja. Se mezcla. Cambia de acento sin perder el alma. Se vuelve del mundo. Y en ese viaje no traiciona sus raíces: las honra multiplicándolas.

La salsa no es propiedad de nadie.

El son no pidió permiso para cruzar el mar.

El jazz latino no llenó formularios migratorios.

La clave no sabe de banderas.

Cuando un ritmo es honesto, cuando nace del pueblo, cuando dice algo verdadero, no pertenece a un país: pertenece a quien lo siente.

Nueva York no le robó nada a nadie: transformó.

Puerto Rico no copió: reinterpretó.

Colombia no imitó: cuidó y mantuvo viva una llama.

¿Y Cuba? Cuba sembró una semilla tan potente que todavía sigue dando frutos en todos lados.

Eso no es competencia.
Eso es historia viva.

Reducir la música a una pelea geográfica es no haber entendido su esencia. Es mirarla con ojos pequeños. Es querer encerrar algo que, por naturaleza, nació para ser libre.La música necesita raíz, sí.Pero también necesita alas.Y cuando vuela, cuando se expande, cuando se vuelve lenguaje común, deja de ser “tuya” o “mía” y pasa a ser nuestra.Por eso, en vez de preguntar qué país es mejor para esta música, tal vez deberíamos agradecer que tantos lugares la hayan amado lo suficiente como para hacerla crecer.

Porque la música no compite.

La música conecta.

La música no divide mapas.
La música los borra.

Así que, gente linda, gente que ama esta música:

disfrútenla.

No la conviertan en competencia.

No la achiquen con rankings.

Pongan el disco. Suban el volumen.

Y den gracias de que todos ellos existieron!!